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Autor: Gabonice

 
 
 
 

Yo, el ... el, yo o el camino a la felicidad

  Yo: Era un joven estudiante, siempre pensé en que era heterosexual, y algunos fines de semanas, no todos, pues mi economía no me lo permitía. Pasábamos la noche en el mismo bar, con nuestra peña de la Universidad y finalmente unos se iban con sus novias y otros con sus amiguetes a pasear por el Paseo de la Playa y luego a casa. Él: Era un hombre que ya había llegado a la madurez y con sus ideas muy claras. Era trigueño, de piel bronceada, de una barba cerrada, de esa que se observa que no tiene ningún hueco, aunque se afeitaba, era velludo, se veía como los vellos del pecho le salían por el cuello y sus brazos también eran velludos. Siempre me hubiera gustado ser como él. Era amigo del dueño del bar y como ambos eran homosexuales, conversaban en privado sobre sus gustos y aficiones. Su mayor placer eran aquellos chicos varoniles a los que pudiera desvirgar. Vaya, que era todo un bujarrón. Yo: En mi peña, había de todo, parejas heterosexuales, parejas homosexuales y chicos y chicas que no estábamos pensando en emparejar con nadie de momento. Él: Me tenía entre cejas y cejas. Deseaba tener sexo conmigo y siempre trataba de entrar en conversación conmigo, el dueño del bar lo sabía. Yo: A mi él me agradaba por sus conversaciones y aunque siempre trataba de alargarlas, yo al final me iba con mi peña a nuestra mesa. Uno de mis amiguetes gay, una noche me reveló que tuviera cuidado, pues él era bujarrón y le parecía que quería tener algo conmigo. Yo eso lo descartaba, no estaba en mis planes, pero me agradaba como persona. Por eso una tarde cuando pasé por el bar y no estaban mis amiguetes, él se acercó a darme conversación y me invitó a sentarme en su mesa. Yo estaba un poco indeciso y le expliqué que para mí eso era muy agradable, pero que por mi situación económica, que estaba estudiando en la Universidad y mis padres me mantenían, no me podía dar el lujo de aceptar una invitación, pues no podía ser recíproco con ella. Él: Se sonrió y me dijo: Eso está muy bien de tu parte, pero no te preocupes, no te voy a permitir que después me invites. Eso habla muy bien de ti. En ese momento me enteré que él había terminado la misma carrera que yo estaba estudiando y eso me decidió a sentarme en su mesa. Tomamos unas copas y luego él me dijo: Necesito hacer una gestión en el correo y que le gustaría que lo acompañara. Yo accedí gustoso, fuimos hasta el correo, sacó unos documentos de allí y luego me invitó a sentarme con él en otro bar. Tuvimos una agradable conversación, yo estaba algo mareado, pues nunca había tomado tanto, salimos del bar cerca de las 11 de la noche, íbamos conversando alegremente y de repente me dijo: esta es mi casa, que tal si subimos, dejamos estos papeles allí y luego seguimos de parranda. Acepté. En el ascensor me sentía algo nervioso, era un caluroso día de verano, al entrar en su casa sentí su mano en mi espalda, lo que me fue muy agradable. Luego me invitó a sentarme en el sofá. Él me dijo, ponte cómodo, se quitó la camisa y yo también, fue a preparar un trago, yo pensé que no debía seguir bebiendo pues estaba algo mareado. Brindamos por nuestra amistad y dejamos las copas sobre la mesa del centro del salón.De repente comenzó a acariciarme, yo me quedé sorprendido, pasaba su mano sobre mi pecho y pronto me había bajado el pantalón y comenzó a darme una mamada que me dejó sorprendido. Mi primera intención fue rechazarlo, pero estaba sintiendo un placer que nunca había conocido. El continuó su mamada hasta llevarme al orgasmo. Toda mi leche cayó en su boca, por un momento soltó mi polla y cuando yo respiré profundamente, pensando que habíamos pasado líneas rojas, volvió a introducir mi polla en su boca y fue tal la sensibilidad que pensé que iba a explotar. Finalmente quedé agotado, un delicioso cansancio se apoderó de mí, me recosté en el sofá y quedé dormido por un rato. De repente me desperté, me pregunté: ¿Qué hago aquí? Y me fui a mi casa, como alma que se la lleva el Diablo. En el camino, en mi cabeza se amontonaban las ideas, como pudo ocurrir esto. Jamás volveré a acercarme a él. Al día siguiente la cosa fue distinta. Por un lado no cesaba de repetirme: Esto no puede volver a ocurrir. Pero luego, cuando me acostaba en mi cama, el recuerdo de aquella mamada me venía con fuerza, el miembro se me despertaba e incluso en muchas ocasiones hasta me masturbaba, recordando el fantástico placer que sentí en aquella eyaculación. Estuve en medio de esa gran encrucijada varios días. Mi cabeza me decía que no, que eso no podía volver a ocurrir. Pero mi Polla pensaba distinto y me repetía dándome cabezazos contra mi barriga: ¡Vuelve, fue tan delicioso! Y como ocurre en estos casos: Mi Cabeza decía que no, mi Polla decía que sí y ante estas disyuntivas yo siempre acabo complaciendo a mi Polla a pesar de la negativa de mi Cabeza. Por eso me decidí a llamar a Raúl, que así se llamaba él, por teléfono. Rápidamente me respondió, estaba en su casa y quedamos que me acercaría allí en media hora. Así fue, cuando entré al ascensor sentía que mi corazón latía apresuradamente, llegué a su puerta y toqué el timbre, estaba temeroso de encontrarme con algún conocido en ese momento. Por eso cuando me abrió la puerta, respiré profundo. Yo sabía a lo que iba y él también. De inmediato comenzó a desabotonarme la camisa y pronto estaba con mi pecho desnudo ante él. No cesaba de acariciarme. Él estaba desnudo, solo tenía el calzoncillo puesto. En ese momento pude ver su delicioso pecho desnudo. Nos fundimos en un profundo abrazo, nuestros pechos se juntaron y comenzó a darme un profundo beso de lengua, aquel beso era interminable, sentía que su barba de un día sin afeitar me raspaba los labios. Cuando terminó el beso, no perdió tiempo, su legua bajaba lamiéndome el pecho y las tetillas, mientras con desespero me desabotonaba el pantalón. Lo primero que hizo fue meter en su boca mi polla que ya estaba dura como un palo. Le dio dos o tres chupadas que me llevaron al cielo. La soltó y terminó de quitarme el pantalón. Ahora estaba desnudo ante él, notaba como su rabo estaba tan duro como el mío, era como si se quisiera escapar del calzoncillo suyo. Me llevó a su habitación y nos acostamos en su cama y ahí comenzó de nuevo a chuparme la polla. Lo hacía con lujuria, dos o tres chupadas y luego su lengua iba acariciándome toda mi polla hasta llegar a los mismísimos huevos. Me lamía los huevos de forma que me estaba desesperando y luego poco a poco continuaba lamiéndome el rabo hasta llegar a la cabeza que succionaba una vez y de nuevo a lamerme los huevos. Mientras sus manos acariciaban mis nalgas llegando a rozar mi esfínter. Repitió eso varias veces, hasta que de repente se quedó succionando solo mi polla, una y otra vez, hasta que pronto empecé a sentir como los músculos de mis piernas se ponían tensos y comenzó la eyaculación más excitante que había sentido en mi vida. Mis exclamaciones de placer eran salvajes, toda mi leche entró en su boca y el no cesaba de mamar. Cuando finalizó su mamada, soltó mi polla, yo respiré profundamente pensando que todo había acabado, pero de nuevo volvió a succionar la cabeza de mi polla que había quedado tan sensible, sentí que iba a estallar. Tuve que soportar dos ó tres chupadas más que volvían a estremecer todo mi cuerpo. Raúl me decía, es que te tengo que sacar hasta la última gota de semen. Quedé desplomado y satisfecho. Conversamos un rato y él me dijo: Estoy enamorado de ti como un perro, todos estos días estuve masturbándome pensando en ti y le contesté: Yo también. Quedamos que volvería al día siguiente. No se lo pierdan, hay sorpresas!  
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